Los días y horarios para visitas abiertas a la comunidad son:
Martes y jueves de 18 a 20 h (entrada gratuita)
Dirección: Chivilcoy 452, Floresta (CABA)
El taller donde el arte se contó con la voz de quienes lo vivieron
La inauguración no fue solo un recorrido por esculturas: fue, ante todo, un encuentro con la memoria. En cada sala, en cada objeto, el pasado se hizo presente a través de la palabra.
Encuentro
El Taller de Antonio Pujía no fue solo el lugar donde nacieron sus obras. Se reveló como el escenario donde aún resuenan las anécdotas, los gestos y la pasión de un maestro que transformó el barrio en su musa.
Quienes recorrieron sus espacios no solo observaron esculturas: escucharon a Sandro Pujía, su hijo, compartir con profunda emoción la intimidad de un padre que trabajaba de sol a sol, fiel a su taller como a un credo.
“Vivir este momento me conmueve profundamente. Es, al mismo tiempo, un acto de continuidad y una forma de encuentro. Que su obra vuelva a habitar su lugar de origen no solo preserva una memoria, sino que la proyecta hacia el presente, haciéndola accesible y viva para nuevos públicos”, expresó ante los medios.
A su lado, Pablo Queijas, su último discípulo, revivió las enseñanzas de esas manos ásperas que modelaban cera con la misma ternura con la que corregían un gesto.
“Antonio era un enamorado de la vida (en mayúsculas) y enseñaba desde el hacer con pasión. Había una exigencia muy grande, pero también una enorme sensibilidad y amor. Cada corrección era una forma de transmitir una mirada sobre la forma, pero también sobre la vida y la naturaleza”, compartió.
Su testimonio aportó una dimensión viva del maestro, no desde la obra terminada, sino desde el hacer cotidiano, desde la transmisión directa del conocimiento.
Porque en ese taller, el legado no se exhibió: se habitó.
Así lo entendió también Bodega Trapiche cuando, en el marco de sus 125 años, convocó al maestro para crear la icónica medalla de su Malbec Trapiche Medalla, una pieza que sintetizó en bronce la misma excelencia que el vino guarda en la botella.
El espacio, recientemente recuperado, volvió a latir con fuerza. La antigua casa de estilo italiano —hoy reconvertida en salas de exhibición, talleres y eventos sociales y comerciales- se consolidó como un punto de cruce entre pasado y presente.
Durante la jornada, la emoción atravesó cada intervención. La palabra de Sandro y de Pablo no solo reconstruyó la figura de Antonio Pujía: la volvió cercana, tangible, profundamente humana.
Hoy, ese mismo espacio late otra vez. Con la memoria viva de Antonio, con las voces que lo sostienen en el tiempo y con la certeza de que el arte más auténtico es, también, el que se sigue contando.
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