El 4 de febrero de 2001, en Miramar, Natalia Melmann salió de un pub y nunca volvió a su casa. Tenía 15 años. Cuatro días después, su cuerpo apareció en el Vivero Dunícola Florentino Ameghino, oculto entre ramas y hojas. La autopsia reveló que había sido violada y estrangulada con el cordón de su zapatilla.

La investigación determinó que el crimen se cometió en una vivienda del barrio Copacabana. En 2002, cuatro policías bonaerenses fueron condenados: Carlos Etchenique, Ricardo Suárez y Ricardo Anselmini recibieron perpetua; Ricardo Panadero fue absuelto en primera instancia pero condenado años más tarde. Gustavo Fernández, señalado como entregador, recibió una pena reducida a diez años. Sin embargo, aún falta identificar a un quinto responsable: un perfil genético hallado en el cuerpo de Natalia nunca fue cotejado.
La familia Melmann enfrentó un camino plagado de obstáculos. Marchas, huelgas de hambre y presión mediática fueron sus herramientas para exigir justicia frente a un Poder Judicial que, según ellos, favoreció a los acusados. Hubo amenazas, atentados y episodios de hostigamiento: desde el auto incendiado de un abogado hasta el hallazgo macabro de un perro de la familia colgado en la parrilla de su casa.
El relato de Nahuel, hermano de Natalia, reconstruye la madrugada del secuestro: la joven fue interceptada por un móvil policial, golpeada y llevada por la fuerza. Para él, su hermana fue víctima de violencia de género e institucional. La madre, Laura, sostiene que el crimen fue posible porque existía un entramado político y policial que lo permitía.
Durante estos 25 años, los Melmann no solo denunciaron la impunidad de los condenados —que accedieron a beneficios carcelarios—, sino también la falta de avances en la identificación del quinto ADN. Listas de sospechosos, pedidos de extracción de muestras y cotejos inconclusos marcaron una investigación que nunca llegó a cerrar.
Natalia era una estudiante destacada, abanderada y con sueños de ser médica neonatóloga. Vendía diarios para costear su viaje de egresados y se caracterizaba por su sensibilidad y solidaridad. Su familia recuerda que transitó la pobreza con dignidad y compromiso. Hoy, a 25 años del femicidio, la memoria de Natalia sigue viva en las marchas, en los reclamos y en cada gesto de su familia. El 4 de febrero, a las 21 horas, convocaron a reunirse en la esquina de Calle 21 y 28 de Miramar, con una flor en la mano, como símbolo de amor, dolor y resistencia.
